Había mucha niebla. Apenas se veía el pequeño pueblo donde Juan Vila se había criado. Era un joven de estatura media, delgado, con el rostro duro, pero sus ojos, grises como el cielo de aquel día, dejaban ver su nobleza interior. Cuando tenía catorce años, tuvo que abandonar el pueblo, Villafranca, al recibir aquella carta. Ahora,  en la falda de la montaña, que resultaba invisible, recordaba las calles, la plaza, la fuente que había en el Parque de El Chivo y, junto a este, su casa. A su memoria venían los recuerdos felices que había vivido en aquel hogar. Juan detuvo el coche y se sentó en el banco de piedra en el que se sentaba cuando era pequeño. Se sentía cansado y algo triste. Habían pasado diez años desde su partida. Aquella carta le había cambiado su presente y su futuro. Era adoptado y no supo nada hasta ese momento. Estaba allí; quizá había llegado demasiado temprano, pero aunque su intención era firme, acompañar a la que había sido su primera madre,en su lecho de muerte, temía que ella le reprochara no haber vuelto a verla en tantos años; ¿Y si ella ya no lo reconocía? Esperaba que sí lo hiciese, porque el mensaje del sacerdote del pueblo, había sido claro: " Ella pide que regreses antes de abandonar este mundo, necesita despedirse de ti".

   Al entrar, la habitación estaba oscura pero el ambiente era acogedor porque se veía rodeada de sus seres más queridos. De pie se hallaban su tío Felipe y su querida prima Marta, que ahora era una hermosa mujer inconfundible por su pelo rubio rizado. Arrodillada junto a la cama, su tía Carmen le cogía la mano fuertemente. A su llegada se hizo un incómodo silencio y todas las miradas se centraron en él. Marta con los ojos llorosos le dio un conmovedor abrazo mientras su tía le ofreció la mano de su madre. Todos salieron en silencio. Juan se sentó en el borde de la cama y le acarició el rostro. Ella sonrió y una lágrima corrió por su mejilla.

-Has venido, hijo- pronunció con un pequeño hilo de voz y con alivio.

-Madre, yo...

-No llores, sabes que siempre estaré contigo. Yo entendí que tú tuvieras que marcharte y ahora,  tú debes entender que yo he de hacer lo mismo.

-Necesitaba una respuesta... tenía que buscarla.

-¿Eres feliz, hijo? Es lo único que quiero saber.

-Fui muy feliz contigo, madre, pero aún busco mis raíces.

Los ojos del muchacho se humedecieron de lágrimas y frustración. Isabel le miró fijamente  y le susurró.

-Sé que te he fallado todo este tiempo, pero ahora te haré feliz -pronunció con fuerza-. Perdóname hijo, por no haberte hablado antes de tus padres, pero temía que no lo entendieras y me abandonases.

-¿Sabes algo de ellos, madre?- Inquirió con ansiedad.

-Tu madre era muy joven cuando naciste, -comenzó diciendo- apenas había cumplido los dieciséis años, sus padres eran muy estrictos y no la entendieron. Ella acudió a mi, yo no pude decirle que no y le hice una promesa; guardaría su secreto hasta el día de mi muerte. Ahora ha llegado ese momento y mi deber es decirte dónde está.

Juan empalideció y sus manos temblorosas apretaron las de su madre con más fuerza.