Ricardo, como todos los días al despuntar el alba, se dirigió al establo para recoger a sus cabras. La puerta se hallaba entreabierta y el joven sintió un vuelco en el corazón. Miró rápidamente y se percató de que Pezuñas no estaba. Sin hacer ruido para que su abuelo no se despertara, cerró la puerta y se dirigió al monte. Dada su avanzada edad, no quería darle un disgusto, ya que desde la muerte de su querida hija y su yerno, padres de Ricardo, se encontraba sin ánimo, pese a que habían transcurrido ya 17 años.   

La mañana estaba fría y húmeda,  las piedras resbalaban. La niebla cubría aún las copas de los árboles. Agudizó el oído y escuchó a lo lejos un grito agudo. Lo siguió apresuradamente y en un pequeño claro pudo ver a una joven atemorizada que tiraba de su mochila mientras Pezuñas la tomaba como un suntuoso aperitivo. Al silbido del muchacho, la cabra acudió al encuentro de su amo soltando las pertenencias de la chica. Ésta al verse liberada levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de Ricardo, que sonriente le dijo:

-¿Estás bien?

Titubeante respondió:

-Sí, gracias.

El rostro pálido de la muchacha denotaba todo lo contrario y Ricardo trató de animarla.

-Lo siento, Pezuñas es un poco traviesa, pero muy cariñosa cuando la conoces.

-No te preocupes, no pasa nada.

-Por cierto, puedo preguntarte qué haces por aquí, no es muy habitual encontrar compañía tan agradable por estos lares.

La chica, sonrojada, le contesta sonriendo:

- Estoy explorando la zona, porque hace unos días nos avisaron del hallazgo de unas pinturas rupestres, pero temo haberme perdido con la niebla. Disculpa se me olvidó presentarme, soy Beatriz y me dedico a la arqueología.    

Beatriz era una chica de unos veinticinco años, dos menos que Ricardo. Su piel era morena, pelo castaño, con ojos verdes y una mirada intensa y penetrante. Era delgada, aparentemente débil, aunque, después de conocerla, descubriría que tenía mucho carácter.

-Sí, he oído que están en las cuevas, tras la cascada de Santa Ana, pero poca gente se atreve a venir por aquí.

-¿Por qué? -inquirió ella.

-Dicen por ahí que hubo unos asesinatos hace un par de años, pero yo creo que son habladurías. No creo nada de eso.

-Aun así, ¿puedes indicarme el camino de las cuevas? -preguntó con incertidumbre.

-Es bastante complicado llegar, pero yo suelo ir con las cabras a esa zona. Si quieres puedes venir, aunque te advierto que el camino es difícil y está lejos.

-¡Oh, muchas gracias! No sabes cómo te lo agradezco.

Recorrieron el camino conversando durante hora y media. En efecto, resultó bastante duro. Una vez llegados al lugar, mientras las cabras pastaban a sus anchas, Beatriz se dispuso a entrar en la cueva que le indicó Ricardo. Éste, en un gesto caballeroso, le dijo:

-Espera, no dejaré que vayas sola, te acompañaré durante la exploración, si no te importa.

-De acuerdo. He traído linternas suficientes, pero casco sólo tengo uno.

-No importa, te acompañaré de todos modos. Ambos recorrieron las galerías de la cueva observando minuciosamente cada rincón. Beatriz se agachó para recoger muestras del lugar, pero resbaló y cayó en un túnel que terminaba en una angosta cámara de piedra.

-¡Beatriz, Beatriz! -gritó Ricardo.

Pero ella no podía oírle, pues se quedó inconsciente por la dura caída. Ricardo se lanzó por el túnel para socorrerla.

-Beatriz, ¿estás bien? -le preguntó mientras le daba tortitas en la cara- estás sangrando.

Ella despertó aturdida y se levantó.

-¿Dónde estamos?

Los dos se quedaron asombrados ante el espectáculo de aquellas paredes. Mientras alumbraban con sendas linternas, Ricardo le dio una patada a algo que había en el suelo, dirigió la luz hacia el objeto y vieron con sorpresa que la superficie estaba llena de huesos y cráneos.  Él estaba asustado, sin embargo ella, decidida, cogió algunos huesos y los metió en su mochila con el fin de analizarlos. De repente, se oyeron ruidos extraños que les desconcertaron. Salieron rápidamente por el mismo túnel por el que entraron y fueron corriendo a ver qué sucedía fuera. De pronto todo quedó en silencio. Esto no le gustó nada a Ricardo, que cada vez estaba más inquieto.     Ella vio la cara de preocupación que él tenía y comentó:

-Será mejor que nos vayamos.

-Iremos por donde hemos venido. Ya ha oscurecido y pronto empezará a llover -dijo Ricardo.

En el camino de vuelta sólo se oían sus pasos y la lluvia salpicando el suelo.

-Esto no me gusta nada -comentó Ricardo- hay un extraño silencio en el rebaño.

Se dispuso a hacer un recuento de sus cabras, las llamó y las reunió con un silbido.

-¡Pezuñas! ¡Falta Pezuñas!, qué raro que se haya despistado. Regresemos a  buscarla, puede que le haya pasado algo.

De nuevo retomaron el camino hacia las cuevas. Unos metros antes de llegar, el sonido ensordecedor de un disparo les alarmó. Beatriz dio un respingo y saltó a los brazos de Ricardo.

- No tengas miedo, yo te protegeré. Vamos, Vayamos a ver de dónde ha venido ese disparo.

Ricardo tranquilizó a Beatriz y juntos se dirigieron a la cueva, de donde parecía que provenía el disparo. En la entrada vieron unas huellas y un rastro de sangre que se adentraban en la galería.

Beatriz advirtió que podría ser peligroso entrar, pero Ricardo insistió pensando que el rastro de sangre podría ser de Pezuñas.

Temerosos llegaron a la galería y unos metros más allá Ricardo encontró a Pezuñas ensangrentada. Corrió hacia ella y se arrodilló a su lado, esataba mluerta. El joven no pudo evitar llorar con amargura sobre el cuerpo inerte del animal. Beatriz, que se había quedado unos pasos atrás contemplando con tristeza el espectáculo y respetando en silencio el dolor de su amigo, sintió un ruido cercano a ella. En  pocos segundos alguien rodeó con su brazo el cuello al tiempo que la amenazaba con una pistola en la cabeza. Ricardo reaccionó:

-Suéltala -dijo poseído por una inmensa rabia al hombre que había atrapado a Beatriz.

-Ya no podré dejar que salgáis ninguno de los dos. Habéis descubierto mi secreto y mi escondite.

Beatriz le asestó una patada en la rodilla y se escapó hábilmente mientras Ricardo, a la velocidad de un rayo, se lanzó sobre el hombre misterioso. Ambos forcejearon hasta que un nuevo disparo retumbó en la cueva. El hombre se apartó y Ricardo, lleno de sangre, se desplomó en el suelo. Beatriz comenzó a gritar su nombre y todo se volvió negro.

 Ricardo saltó de la cama, su respiración era muy rápida, estaba nervioso y lleno de sudor. Se levantó y fue al cuarto de baño. Se aclaró la cara. Había sido una de sus peores pesadillas. Se dispuso a ir a la cocina para desayunar, pero repentinamente sonó el timbre. Se acercó a la puerta y la abrió. Ricardo se quedó inmóvil, pálido y con la respiración contenida, no era capaz de articular ni una sola palabra ante aquella hermosa joven de ojos verdes. Tras un largo silencio, el muchacho se atrevió a decir:

-¿Nos conocemos?